Desde la cama Armando observa el lío de ropa tirado en una silla, y sobre la mesada un montón de vajilla sin lavar.
La soledad lo tortura. Esas claustrofóbicas paredes lo obligan a huir, y decide aislarse por un tiempo en algún lugar de las montañas.
El día es luminoso y magnífico. Su automóvil atraviesa un lugar umbrío y una brisa fresca lo acaricia; antes de que amaine inspira profundamente y por un momento se siente pleno, eufórico, con ganas de reconciliarse con la vida.
Se lo impide esa tristeza que cada vez lo oprime con más fuerza.
Mientras consume el camino, los fantasmas del pasado comienzan a hostigarlo:
Laura…, ella apareció un día así, de la nada en su vida, y él se enamoró perdidamente.
Un recuerdo lo atropella y sonríe; es que cree estar viviendo uno de aquellos días felices:
“Están los dos un atardecer en el mar. Con ardor sus manos exploran frenéticamente ese cuerpo increíble; el sabor de la sal en su piel potencia sus deseos de amarla. Después de un beso apasionado una ola los atropella arrojándolos a la arena, donde ruedan jugando como dos chiquilines”.
Al morir su padre, quedó habitando la casa con Laura y con su madre, que sufría una profunda depresión.
De una manera absurda lo atraparon los tiránicos reproches de la anciana, celosa de compartir sus afectos, y los silencios de Laura que creyó que su presencia allí no tenía sentido.
Ella se despidió un día tan etérea, tan intangible como cuando llegó. El no hizo nada para retenerla; se quedó con su tristeza observando como se diluían sus ilusiones con la desesperanza de su partida.
Al quedar totalmente solo, el vacío y la soledad se adueñaron de sus deseos de vivir.
Ya llegó a la parte más alta de los cerros. Extenuado por contener tantas emociones, Armando estaciona el coche a un costado del camino y se toma un tiempo para observar la imponente vista que le regala la montaña.
Limita el sendero una hondonada profunda, y a lo lejos se dibuja un valle que sobrecoge por su vastedad y por un silencio tan opresivo, que al contemplarlo lo obliga a meditar.
Luego de un breve coloquio interior, Eduardo estima que esa introspección le fue muy valiosa.
__”Llegué a creer que mi mal no tenía remedio” -Se dice con un dejo de ironía.
Extasiado observa otro rato el soberbio paisaje, da arranque a su automóvil, encara la pendiente y se precipita hacia el fondo del abismo poniendo fin a su tristeza y a todos los dolores de su alma.
MARCOS RUIVAL |